LAS HUERTAS

Punto de inicio en la casa de los Zúñiga

La casa que ostenta el escudo de armas de los Zúñiga, que fueron señores de la villa, posee una decoración de bolas típica de la época de los Reyes Católicos y es el edificio más noble de todo el pueblo. Estamos en la calle Pocito.

A pocos metros abandonamos la población tras pasar por un regato que pocas veces lleva agua. La frescura de este enclave, llamado Los Chopos, permite el crecimiento de especies vegetales como el arraclán (Frangula alnus), la zarzamora (Rubus ulmifolius) y pequeños olmos (Ulmus minor) que no logran prosperar a causa de la enfermedad que los diezmó, la grafiosis.

Completan la orla de los setos, que nos acompañarán en este tramo inicial de subida, el majuelo o espino albar (Crataegus monogyna) y el rosal silvestre (Rosa canina), además de algún cerezo silvestre (Prunus avium), robles rebollos (Quercus pyrenaica) y castaños (Castanea sativa).

En verano florece en abundancia la hierba de San Antonio (Epilobium hirsutum). En primavera resuenan los cantos del cuco (Cuculus canorus) y del ruiseñor común (Luscinia megarhynchos), y el arrullo de la otrora abundante tórtola europea (Streptopelia turtur).


EL SANJUANIEGO Y LOS POSTALES

Entre setos y sotos

El camino se va haciendo cuesta arriba, pero nos va ofreciendo sugestivos rincones y muchas especies de plantas, a cuyas flores acuden mariposas como la macaón (Papilio machaon), la chupaleches (Iphiclides podalirius) y la nacarada (Mesoacidalia aglaja).

Vamos por El Sanjuaniego, seguimos subiendo cerca del Regato Juan García y después por Los Postales. En el polvo de la pista han quedado marcadas las huellas del zorro (V. vulpes) y del tejón (M. meles). Poco a poco la altitud va descubriendo a nuestra espalda el panorama de la penillanura salmantina.

Km 1,15. Cuesta de San Martín

En este punto se acaba la pista forestal y comienza un precioso tramo de matorral, donde el sendero se ha trazado nuevo. La roca pizarrosa aflora con frecuencia, arrasada por la erosión, y deja lugar a una asombrosa mezcla de especies vegetales, creando un matorral muy variado en el que sobresalen algunas encinas jóvenes (Quercus ilex).

Hay cantuesos (Lavandula stoechas) y carquesas (Genista tridentata), halimios (Halimium sp) y jaras (Cistus ladanifer), escobas de flor amarilla (Cytisus scoparius) y brezos de flor rosa (Erica australis), entre otras especies.
También florecen algunas orquídeas.

Nos sorprende en la Cuesta de San Martín
la diversidad de especies vegetales que
se concentran en poco espacio.

Km. 1,5. La Mata Solana

Al final de este tramo cruzamos una alambrada por una portera y, a poco, llegamos al corzón del rebollar adehesado, donde el sendero se convierte en camino y continúa subiendo por el paraje de La Mata Solana.

Entre las aves, es este el territorio del mosquitero papialbo (Philloscopus bonelli), del trepador azul (Sitta europea), del arrendajo (Garrulus glandarius) y de varias especies de páridos: el carbonero común (Parus major), el herrerillo común (P. caeruleus) y el herrerillo capuchino (P. cristatus). Esta última especie, la más escasa de las tres, está ahora en un ruidoso celo: los excitados machos tiemblan de emoción mientras ofrecen a las hembras insectos frescos.

El rebollar es un monte bastante mono específico, aunque aparecen algunos pies de castaños. como sotobosque se distingue la gatuña (Genista falcata).

LA MATA SOLANA

Subiendo por el rebollar y sus claros

El nombre latino de esta especie alude a la forma de su fruto, que recuerda a la temible espada curvada de los iberos, llamada falcata.

Seguimos ascendiendo y el monte uniforme de rebollos deja paso a claros donde prosperan especies de plantas más amantes del sol (heliófilas). Por aquí pasan volando los ascaláfidos (Libelloides sp), unos insectos neurópteros que podríamos confundir fácilmente con mariposas o con libélulas. Nos sobrevuela el busardo ratonero (Buteo buteo), atento a estos pastizales donde puede descubrir presas con más facilidad que en el bosque. Mientras el sendero va ganando rápidamente altura, estos claros nos van ofreciendo panoramas cada vez más extensos de la penillanura cubierta por la dehesa salmantina. A principios de primavera podemos observar algún diente de perro (Erythronium dens-canis), una especie frecuente en bosques de montaña del norte de la península, pero bastante
rara por estos pagos.

Km 2,3. El Valle Redondo

Al final de este recorrido sinuoso entre claros y robles llegamos a un espacio amplio y llano: el Valle Redondo. Encontramos aquí un poste señalizador del sendero.

Vamos ganando altura y vistas sobre el
pueblo y sobre la penillanura de las
dehesas salmantinas. El robledal
adehesado se espesa y otras veces se
abre en claros bañados por el sol.

El lugar es un cruce de caminos, antiguos y nuevos, por donde accedemos a la pista forestal que nos va a llevar faldeando por la umbría de la sierra. Pero antes giramos a la derecha y a pocos metros ascendemos hacia la izquierda, siguiendo aproximadamente la ruta del antiguo Camino de los Serranos.

Este camino probablemente sería un trayecto semejante al de una calzada que, según el padre agustino César Morán, se dirigía desde Ledesma hacia Extremadura.Vamos subiendo por un hermoso rebollar. Si andamos con cautela es posible que sorprendamos a algún corzo (C. capreolus), mamífero bastante común en esta sierra. Aunque lo más probable es que solo escuchemos su ladrido mientras escapa, tras habernos detectado desde lejos.
En primavera las escobas se cubren de flores amarillas.

En este sector encontramos algunas aguileñas o clérigos boca abajo (Aquilegia vulgaris), con sus vistosas flores azules.


EL AMILLADOIRO DEL PUERTO

Huellas de remotos caminantes

Algunos robles exhiben líquenes colgantes, de color oscuro, probablemente del género Bryoria, que son indicadores de la extraordinaria calidad del aire, ya que no toleran la contaminación atmosférica.

Km 3,2. Puerto del Camino de los Serranos

Entre los picos de Los Molinos, a nuestra derecha, y de la Cueva, a la izquierda, se halla este puerto, situado a 1.339 m de altitud. Vemos a lo lejos la meta más alta de este sendero, Pico Cervero, coronada por la caseta de vigilancia de incendios, con forma de torre almenada.

Estamos en un verdadero paso estratégico de esta sierra, probablemente el más directo para atravesarla evitando los valles encajados de los ríos Quilama y Palla, verdaderas honduras que el nivel de base del Tajo ha ido excavando en el Sistema Central. El paisaje del puerto está dominado por jaras (Cistus ladanifer), escobas (Cytisus scoparius) y cantuesos (Lavandula stoechas), entre otras especies.

En el puerto se atisban las fronteras del
espacio y del tiempo, en un lugar
estratégico, cruce de rumbos y puerta a
los misterios que se refugian entre las
peñas con formas de castillos.

Situado ya en la raya con el municipio limítrofe de La Bastida, el montón de cantos que se halla en el puerto es probable que nos remita a un vetusto culto a alguna deidad protectora de viajeros, quizá los dioses romanos Lares Viales, y quién sabe si también a la diosa vetona Ilurbeda, cuyo culto sería paralelo al de los Viales, según se
deduce de diversas aras votivas encontradas en la región.

Una de esas aras se halla en la iglesia de Segoyuela de los Cornejos y procedería de esta sierra. Se reproduce en un atril que interpreta in situ este posible amilladoiro.

La probable calzada romana comunicaría también la mina romana de oro que, según los estudios arqueológicos, se hallaba en la Cueva de la Quilama, distante de este lugar tan solo unos cientos de metros hacia el sureste, y es esta precisamente la ruta más cómoda a la cueva.

Esta mina era un modelo minero de excavación (aurum canalicium o canaliense), en tanto que las que existieron en El Cabaco (Las Cavenes), El Maíllo y Morasverdes se explotaron con la técnica aluvial (ruina montium).

EL CAMPO

La puerta del viento

Desandamos el camino hasta el Valle Redondo, donde iniciamos periplo por la pista forestal hacia el este, entre espesos rebollares que a poca distancia acaban abriéndose en un paraje denominado El Campo.

Km. 4,7. El Campo.

Este amplio claro en el rebollar es un gran pastizal, a menudo azotado por el viento, que aprovechan vacas y ovejas, especialmente durante el verano.

Con frecuencia afloran rocas calizas antiguas, de las que se extraía la piedra para fabricar la cal morena. Podemos observar cerca del sendero los depósitos de escorias de esa actividad.

Este es un paisaje geológico de lapiaces: afloran con frecuencia los restos no disueltos por el agua de rocas calizas (carbonato cálcico) y dolomías (carbonato magnésico), de edad cámbrica, con huellas orgánicas e inorgánicas del ambiente marino donde se encontraban. Este paisaje acoge aves raras en la montaña pero abundantes en el llano, como el triguero (Emberiza calandra). También podemos observar la tarabilla común (Saxicola torquata), que gusta de estos espacios abiertos con zarzas.

El paisaje kárstico de El Campo es como
un mundo perdido y extraño, con rocas de
antiguos mares que se disuelven para
crear mundos subterráneos. Las aguas y
las leyendas brotan en fuentes poderosas.

Sobrevolando El Campo suelen verse aves rapaces como los buitres leonado (Gyps fulvus) y negro (Aegypius monachus), el águila calzada (Hieraaetus pennatus) y el cernícalo vulgar (Falco tinunculus). Asistimos al acoso y a la expulsión de un milano negro (Milvus migrans) por un clan familiar de rabilargos (Cyanopica cooki).

Km. 5,6. Derivación al Horno de Cal de la Hoya

En el inicio de la derivación al Horno de Cal de La Hoya del Campo podemos observar a nuestra derecha pequeñas dolinas, depresiones típicas del paisaje kárstico, por donde el agua de lluvia se sume hacia el subsuelo. Este tipo de paisaje es muy raro en estas tierras.

Ya pronto se nos abre un nuevo mundo: el valle de la Quilama, con un clima claramente distinto al que se da en la umbría de la sierra, mucho más cálido. Las vistas nos descubren, al otro lado del río, el Castillo Viejo de Valero, donde se hallaba un castillo de la Alta Edad Media.

Hacia el este se alza la Sierra de Candelario o de Béjar. El Horno de Cal de La Hoya, restaurado y señalizado, es uno de los muchos hornos que funcionaron en este municipio, uno de los más caleros de esta subcomarca denominada La Calería.

EL COLLAO

Una nueva incursión en la solana de la sierra


De vuelta a El Campo, recordamos la leyenda de la serrana de estos parajes, que, como la famosa de La Vera, secuestraba a los serranos y los llevaba a una muerte segura. «En la fuente de la Hoya / habitaba una señora / alta, rubia y sandonguera, / que cuando tenía sede / se bajaba a la rivera, / y cuando gana de hombres, / se subía a altas peñas», cuenta la tonada recogida en Navarredonda.

Proseguimos camino de nuevo entre espesos rebollares, relativamente jóvenes, y dejamos a nuestra derecha un refugio construido por el Icona. Si observamos con atención, junto a su puerta encontraremos una piedra con pistas de Cruziana, un icnofósil (rastro fosilizado) de la Era Primaria, pequeño anticipo de los que nos aguardan más adelante.

Km. 8,3. Derivación al Horno de Cal de El Collao

Por otro corto paso a través de la sierra nos internamos de nuevo hacia la vertiente sur, al encuentro del Horno de Cal de El Collao, también restaurado y con un panel informativo. Nos encontramos ya en las estribaciones del pico Cervero, culmen de este sendero.

De nuevo la vegetación y el confort climático con respecto a la umbría (hay días de fuertes vientos en el norte que apenas se perciben en el sur) nos sitúan en un ambiente muy distinto en pocos metros del recorrido.

Por un pasillo entre los robles nos
asomamos de nuevo al valle del río
Quilama. Frente a nosotros, la mole del
Castillo Viejo de Valero, que fue una
fortificación altomedieval.

Las vistas llegan a la Sierra de Béjar. En pleno horno observamos la mariposa ortiguera (Aglais urticae).

De nuevo en el sendero, en seguida pasamos junto al cruce de bajada hacia el pueblo, que deberemos tomar al regreso del Cervero.

A medida que vamos ascendiendo el rebollar adehesado nos va mostrando diversos matices. A finales de invierno y principios de verano florecen las primaveras o prímulas (Primula vulgaris) y varias especies de narcisos, entre ellas la de mayor tamaño: el Narcissus pseudonarcissus.

Ya en pleno mayo se abren las grandes flores rosadas de la rosa albardera (Paeonia broteroi), relativamente
comunes en este tramo de sendero. Aquí y allá afloran pequeñas peñas de calizas antiguas, cubiertas por espesas capas de musgos.

Se escucha el canto repetitivo de la totovía (Lullula arborea) y el no menos monótono reclamo del mosquitero papialbo (Philloscopus bonelli). La primera de estas dos especies es sedentaria, mientras que la segunda solo permanece en primavera y en verano. En invierno, con cierta suerte, podremos observar la chocha perdiz o becada (Scolopax rusticola), una especie cinegética que atrae a expertos cazadores del País Vasco.

PICO CERVERO

La recia cumbre de Las Quilamas

Entre los insectos hay un escarabajo que brilla con luz propia, o mejor, que refleja la luz de forma iridiscente: es el escarabajo dorado (Trypocopris pyrenaeus), que a pesar de su aspecto rutilante se alimenta en los excrementos. También hay gran variedad de mariposas, que se van sucediendo desde la primavera hasta el otoño.

En este sector hemos detectado la mariposa perico (Hamearis lucina), que no hemos hallado en otros lugares del municipio; son comunes las nacaradas (Argynnis paphia) —que a mediados de junio andan de cópulas—, y también se dejan ver el sátiro común (Hypparchia semele) y la pequeña ajedrezada serrana (Pyrgus malvae). Entre los odonatos, merodea en el camino una libélula del género Onychogomphus, posiblemente la O. forcipatus.

Llegamos al cruce de subida al pico Cervero, a partir del cual la pista va trazando cerradas curvas de ascenso. Poco a poco seguimos ganando altura. Ya rozando los 1.400 m de altitud los robles siguen medrando, desafiantes, en sociedades densas. ¿Son o no son tan jóvenes como parecen? En realidad son bonsáis naturales.

Es la más alta de las cumbres
de las Quilamas y la estrechez de
su cima nos
ofrece inigualables vistas
de la sierra y del
llano.

Algunos apenas llegan a los 3 metros de altura, pero sus troncos anchos denotan madurez. Muchos están puntisecos.

Por encima de aquí, hacia el norte, los árboles casi no pueden sobrevivir. Perseveran impávidos y heroicos. Retorcidos.

Km. 11,4. Pico Cervero, 1.465 m de altitud

La última revuelta de la pista nos deja ya cerca de la cumbre, en una especie de plaza cubierta por pastos, que estuvo rodeada por el anillo exterior de dos murallas concéntricas.

Las vistas son grandiosas sobre la llanura, y ya pronto sobre las sierras del sur y del este. Un poco más allá, a la izquierda del camino, justo unos metros antes de que comience el tramo pavimentado del último repecho, se halla una gran roca, desprendida de los riscos de la cumbre, con numerosas huellas de trilobites (Cruziana sp).

El paisaje rocoso del Pico Cervero muestra huellas del poder de la nieve, acumulada en neveros que ya no
perduran, y del agua que se acumula en las grietas que, tras helarse y expandirse, las fractura.

LA MINA

Descendiendo entre los pastos frescos

Los elementos geológicos que se distinguen son nichos y cordones de nivación, fracturas por crioclastia y formas periglaciares —creadas por fases de hielo-deshielo y de escorrentía del agua—, como suelos almohadillados y círculos de piedras.

Desde esta cumbre del pico Cervero se domina casi todo el occidente del Sistema Central, desde Gredos hasta la portuguesa Serra da Estrela. Y la práctica totalidad de la provincia de Salamanca, más una parte de Zamora. Varios paneles nos ayudan a localizar los lugares que se divisan desde aquí. A nuestros pies se extiende el profundo valle del río Quilama. Justo debajo del Cervero se localiza Castil de Cabras, un importante asentamiento prehistórico en forma de meseta sobre cortados rocosos.

Este mirador también es excepcional para la observación de aves, ya que Las Quilamas albergan una relevante población de buitre negro (la mayor de la provincia de Salamanca, con 57 parejas en 2017), alimoche (Neophron percnopterus), búho real (B. bubo), etc. Entre las rocas de la cumbre crecen algunas plantas ausentes o raras en el resto del sendero.

Es el caso del codeso (Adenocarpus complicatus) —de vistosas flores amarillas— y del narciso de roca (Narcissus rupicola). Algún lagarto ocelado (Timon lepidus) vive cerca de la cumbre.

El rebollar de la ladera del Cervero
desafía la crudeza de la vertiente norte y
nos ofrece plantas y animales
muy interesantes.

Desandamos el camino hasta el cruce cercano a El Collao e iniciamos el descenso por el corazón de un rebollar con musgosos afloramientos de rocas.

Este ambiente umbrío es propicio, en los otoños y en las primaveras favorables, para el crecimiento de setas (su recogida está regulada), entre ellas las valiosas amanitas de los Césares o huevos de rey (Amanita caesarea), las calabazas (Boletus edulis) y los rebozuelos o chantarelas (Cantharellus pallens), entre cientos de especies más. No lejos de este paraje se halla El Horno el Porro, otro de los muchos hornos de cal morena que funcionaron en
Navarredonda.

Km. 13,8. La Mina o La Cantera y el Teso las Corzas

Pronto encontramos un cercado que protege La Cantera, dedicada a la extracción de roca en los años 70 del siglo XX, que luego se trituraba en un molino cercano al pueblo para la fabricación de suelos de gres. Ya cerca de la mina entramos en otro tramo de pista forestal que nos llevará hasta las puertas del pueblo, de nuevo a través del
rebollar que nos ha acompañado durante gran parte de este sendero.

TESO LAS CORZAS

Donde se amarizaban las cabras

Podemos aprovechar las revueltas del camino para contemplar el trayecto andado, con la silueta dominante del Cervero y la alfombra de colores cambiantes del rebollar.

Cuando los robles terminan, aunque continúan en la dehesa cercada a nuestra derecha, nos encontramos en un altozano amplio y con escaso arbolado. Es el Teso las Corzas, un lugar muy especial para Navarredonda, ya que era aquí donde se amarizaban las cabras, esto es, hasta aquí llegaban las cabras y era aquí donde se las ordeñaba, para luego volver a pastar a la sierra.

Km 17. La Perenala y Peña Horcada

La entrada en las afueras de Navarredonda nos ofrece un verdadero ecotono o zona de contacto entre diversos ecosistemas: el rebollar y los pastizales con arbolado disperso, las huertas y el arroyo de Santa María, los jardines y el propio entorno urbano confluyen para ofrecernos un espacio de gran biodiversidad.

Se va aclarando el monte mientras nos
acercamos al pueblo, pero en
Navarredonda el robledal llega
a las mismas afueras.

Entre muchas otras especies de aves, podemos ver gorriones comunes (Passer domesticus) y jilgueros (Carduelis carduelis), vencejos comunes (A. apus) y aviones comunes (Delichon urbicum), golondrinas dáuricas (Hirundo
daurica) y comunes (H. rustica)… Y el canto poderoso y sinfónico del ruiseñor común (Luscinia megarhynchos).

E incluso tal vez consigamos ver insectos muy escasos en estas sierras, como la mariposa ninfa del arroyo (Limenitis reducta), o quizá sorprendamos al ciervo volante (Lucanus cervus), atraído por las luces del pueblo. Son los restos de la vieja abundancia de seres vivos, que nos describen los pobladores locales que ya peinan
cierta edad.

En este último tramo el sendero vuelve a ser estrecho e íntimo, como si se resistiese a volver de nuevo al pueblo, donde, al final, se rinde.

FOLLETOS RUTAS MAPA GOOGLE RECORRIDO
INICIO RUTA
GPS Coordenadas
40°36'21.7"N 6°00'45.1"W
LONGITUD
17,5 kilómetros
DURACIÓN
6 horas
DESNIVEL ACUMULADO
631 metros
Dificultad
Media
Dificultad de la Ruta
Vídeo sobre la rutas senderistas